4 oct. 2008

Una historia de amor como otra cualquiera. Capítulo 1 (12-8-01)

Días de cosecha


- Juan!!!! - gritaba la madre a su hijo, que otra vez se había quedado dormido - ¡¡Hay que levantarse, que la cosecha no espera!!
Juan, acurrucado bajo las mantas, intentaba desperezarse; los cinco minutos de relax antes de levantarse ya se agotaban. No le gustaba levantarse de un tirón; necesitaba algunos minutos en los que ir despertando poco a poco su cuerpo, machacado del día anterior.
Todas las primaveras y otoños era lo mismo, tenía que levantarse para ayudar a su familia en la recogida del trigo, que a tantas familias alimentaba.


Allá por el siglo XIX el arado de bueyes y la guadaña eran el método más eficiente para recoger en pocos días las hectáreas que tenían, legadas desde hace muchos años por los señores que una vez entregaron las tierras a sus plebeyos, que las trabajaban.
Durante siglos las gentes de aquel pueblo de la meseta habían vivido del comercio con los pueblos cercanos; ellos tenían el trigo y el maíz, los otros el ganado, las pieles y tejidos y la sal.
Era un pueblo de blancas paredes, pintadas con cal, que resplandecía sobre la colina, pudiéndose divisar desde muy lejos en un día claro. Cada amanecer el sol se colaba en las calles, llenas de vida en fiestas. Su muro exterior y sus estrechas callejuelas aseguraban una buena defensa en caso de ataque exterior.
Juan se puso en pie, se vistió y fue abajo, bajando a la habitación más concurrida, donde hacía vida toda la familia, comían, vivían y se relacionaban: la cocina, esperando ver algo sobre la mesa que no fuera el mismo plato de siempre, maíz triturado con leche de oveja. Sin embargo, se llevó la misma desilusión: papas con leche. Hizo una mueca de aburrimiento y salió fuera, tras discutir con su querida madre.
Eran las 9 de la mañana, y fuera el pueblo hervía con la actividad. A ambos lados de la calle principal, que lo atravesaba longitudinalmente, se agolpaban puestos de todo tipo, con mercaderes venidos de todas partes que hacían preparativos. Era el día de la feria, costumbre ancestral. Pero a Juan sólo le interesaba una cosa; llegar a lo alto de la colina, en el centro del pueblo, donde estaba su mejor amiga. Le apetecía mucho hablar con ella antes de ir al campo, en el que esperaba fuese el último día de la siega.
Allí estaba, la casita a un lado de la plaza, con las puertas y ventanucos cerrados. Llamó pero nadie respondió. Al rato apareció una cara conocida por la mirilla de la puerta: era la madre, que le miraba enfurruñando la cara, no muy contenta de las continuas visitas de Juan. Sin embargo pensaba que podría ser un buen compañero para su hija, pues aunque no era de familia acaudalada, al menos disponían de algunos terrenos, que en futuro podrían unir a los suyos. O al menos eso le gustaba pensar.


- Aguarda – Dijo la madre. – Enseguida sale -.
- Bien.
Juan esperó. Y esperó. Y siguió esperando. Y por fin apareció Ana María, de entre las tinieblas de la casa.


- Vaya, hoy te has hecho esperar- comentó Juan, mientras la besaba en la mejilla.
- Sí, perdona. No encontraba una cosa que te quería regalar.
- ¿Si?, ¿Y qué es? - dijo, intrigada, ella.

- Mira: una figura de marfil. La guardaba desde la semana pasada. Está tallada en marfil, esta figura, con forma de duende, te cuidará y protegerá cuando no estemos juntos.


- Pues... vaya. Es muy bonita. Pero no creo demasiado en supercherías. Lo llevaré siempre encima, gracias, Ana. – Dijo Juan, un poco aturdido por ese detalle.
Dieron un paseo. Empezaba a hacer frío, el invierno desplegaba sus fríos tentáculos por entre las calles.
Ana María era su mejor amiga desde que falleciera la novia de Juan, algo que le afectó tanto que se recluyó en casa sin querer saber de nadie durante un largo tiempo. En esos tristes momentos conoció a Ana María, a la que veía todos los días pasar bajo el ventanuco de su habitación. Lo primero que le llamó la atención era su risa, de una voz preciosa, suave, pero profunda. Y entonces se hizo su mejor amiga, y le sacó a flote su simpatía y su fuerza, sus ganas de vivir y de disfrutar. No sabía si estaba enamorado, sólo sabía que nunca había dependido tanto de la vida y la compañía de nadie.
Ana era una chica sencilla, sensata, que sabía lo que quería, aunque a veces no estaba segura de sí misma y acudía a su madre a consolarse y refugiarse. Juan era una persona fuerte, de fuertes convicciones, seguro de sí mismo, pero a veces necesitaba sentirse débil, sentirse enamorado para sentirse más humano.
Pasearon por entre los puestos del mercado, observando los artículos que los mercaderes ofrecían a los curiosos, y se reían de la inutilidad de algún que otro chisme o de lo graciosas que resultaban algunas prendas, llenas de colorido, tanto que debían pertenecer a algún bufón de corte. El ruido era ensordecedor, pero lograban entenderse entre el vocerío, Juan delante, Ana agarrando su mano iba detrás.
En el pueblo todos se conocían, siempre se veía algún extranjero, venido del norte a tierras más cálidas, nómadas que iban a pasar el invierno con su rebaño al sur, indigentes que mendigaban en las esquinas por un trozo de pan al día.
Juan se paró. Se fijó en un mendigo, girando la cabeza; era una mujer y tenía a un niño a su lado, que le agarraba de los ropajes, harapos desgastados, oscuros por el tiempo, ocultándose tímidamente. Se preguntó si sería hijo de la mujer. Se acordó de que tenía algo dió, sin dudarlo, y siguieron su camino. Desoyó a Ana, siguiendo su corazón.




- Sé de un sitio muy especial. – comentó Juan – Está apartado, en la colina sur. Si te apetece podemos ir, todavía tenemos unas horas hasta la puesta de sol.
- ¿Salir del pueblo? Sabes que últimamente nuestros pueblos vecinos nos han avisado de que sufrimos una crisis, no hay comida para todos, la cosecha de este año es escasa y llena de insectos, hay vagabundos y ladrones en todas partes, ¿no sería peligroso?
- Vaya, tienes razón. Además he olvidado que tengo que ir a ayudar a mi padre, que estará con la gente del pueblo recogiendo la cosecha. Aunque no creo que note mi ausencia...
      - No... debes ir. Aunque sea el último día, y sea un día más de descanso y fiesta, que de trabajo. ¿Irás, no? 


- Bueno. Tienes razón, iré. Pero te veré luego, por la noche, en la fiesta del pueblo?
- Sabes que sí, ja ja ja. No me pierdo una!!
- Hasta pronto!!
Juan se alejó corriendo, levantando el polvo tras de sí.
Juan aminoró la marcha al sentir las primeras punzadas de cansancio. Miró hacia atrás y aún podía distinguir en la lejanía que Ana le miraba y, tras un momento, se daba la vuelta camino a casa.
Él hizo lo mismo, suspirando. Sabía que siempre podía contar con ella, y siempre estaría esperándole de algún modo. Empezaba a sentir la necesidad de protegerla.


Borró su mente de aquellos pensamientos tan agradables y miró hacia lo lejos. Aún le quedaba un rato hasta llegar a los cultivos más cercanos, donde quedaban los últimos retazos de tierra de la que recoger sus frutos.
Empezó a divagar en sus pensamientos, acerca del sol y la tierra, y las fuertes raíces que tiene cada uno hacia el lugar donde vive, los lazos con la tierra. Una tierra que hace a los hombres más fuertes y rudos, más dura su piel y curtida su espalda.

Tras un rato de camino, se topó con los primeros agricultores que recogían sus herramientas dispuestos a volver a su hogar tras un día de duro trabajo. Juan esperaba no llegar demasiado tarde; era media mañana y ansiaba volver a ser útil, un día más.

Saludó a los que conocía, y se prestó a echarle una mano a su padre. 


- ¿Queda mucho?- Preguntó Juan. 
- Tan sólo un par de hectáreas. Ahí tienes una guadaña. Cógela y echa una mano. Ya podrías venir antes. Cuanto antes empiezas el trabajo antes lo terminas. – Comentó Hermenegildo. 
- Me he tomado un descanso. Ya queda poco, la escasa cosecha de este año no nos ha dado demasiado trabajo, ¿verdad? 
- Sí. Maldita sea, no sé para cuánto dará. Un parte de las patatas han sido atacadas por los insectos, como hace dos años. Y el resto de la cosecha no ha salido mejor parada. Parece que va a ser otro año de hambrunas. Me pregunto qué suerte habrán corrido los pueblos cercanos.
Tras decir esto se quedó pensativo, con la mirada perdida, y volvió a la tarea. Juan, nervioso trabajador, empezó con la extracción de la patata de la seca tierra, pero en su cabeza tan sólo cabía un pensamiento, que le daba fuerzas pero le dejaba vacío el corazón; la amiga con la que compartiría su tiempo libre, Ana.

Y mientras pensaba en ella se dio cuenta de cómo se tensaban sus músculos a cada golpe que daba contra la dura y seca tierra. “Me estoy haciendo un hombre”, pensó.


Cuando hubieron terminado, ya entrada la tarde, Juan ardía deseoso de ver a Ana. Su sóla presencia hacía que se le dibujara una sonrisa en la cara, que a veces le hacía parecer un tonto. Pero no le importaba.


Fue a casa a cambiarse y a estar con su familia; por la noche celebrarían la recogida de la cosecha, aunque este año no había sido muy productivo.



Llegó la noche, y con ella el jolgorio, las gentes en las calles, la fiesta, la celebración. Los hombres solían reunirse en grupos, y bebían vino a la salud del año que había pasado y con la ilusión y la esperanza de tener un nuevo año más próspero que el anterior.


Juan se arregló, fijándose en los últimos detalles antes de salir a divertirse. Fuera el ruído de trompetas y música llenaba el ambiente.


Salió presuroso, hacia la zona donde estaría ella probablemente, acompañada por sus amigas, de las cuales intentaría arrebatarla.


La calle era un hervidero de gentes riendo y cantando viejas canciones, animadas por los porrones de vino; ni siquiera los malos tiempos hacían entristecer los corazones de la gente, alegrados por ese ancestral y sano brebaje.


Juan caminó, evitando los grupos alborotados que podían echar a perder la blancura de sus ropajes, cuidados con esmero y cariño desde que su madre se los regaló, años atrás, y que sólo sacaba a relucir en los momentos más propicios.


Pero no la veía. Preguntó a la gente que conocía, que se burlaba inocentemente de sus intenciones, y seguía su camino sin mayor suerte. Pero gracias a Dios la vio al lado de un local, frecuentado por ambos, hablando con su mejor amiga. Estaban alegres y risueñas, y se preguntó qué comentarios estarían haciendo, seguramente hablando de chicos, como era habitual entre las mujeres de su edad.


Ana era guapa, de suaves facciones y bonita sonrisa. Tenía 16 años, y ya era casadera. Su cuerpo había alcanzado la madurez de forma temprana, y a la gente le llamaba la atención lo soltura de su palabra, y la simpatía que desprendía.


Juan se preguntaba cómo no se había fijado antes en ella, siendo aquel uno de los pueblos más pequeños de la comarca, aunque uno de los más bellos y visitados, por su pequeña iglesia en el centro de la colina, que lindaba con el camino principal y que llamaba la atención por sus esbeltas formas y bellas vidrieras.


Se unió al grupo de Ana, saludando a todas. Ana saludó:


- ¿Cómo te va?
- Bien – respondió Juan - ¿Te apetece dar una vuelta y tomar algo? He visto un local nuevo cerca de la puerta sur que te va a gustar. Es tranquilo y acogedor.
- De acuerdo, pero espera que me despida de mis amigas.

Ana se despidió educadamente de sus amigas asegurándolas que hablarían más tarde y acompañó a Juan a la fonda.

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