12 abr. 2011

Análisis del libro "El Humanicidio" de Michel Lacroix

El destino de la humanidad está en sus propias manos. (Imagen)
Introducción
Debido a los graves problemas que la biosfera muestra, debido a la irresponsabilidad del ser humano, desde hace veinte años se ha ido elaborando una moral planetaria que centra su preocupación por el mundo y su incierto futuro. Esta corriente de pensamiento, a la que se van uniendo personalidades de todos los ámbitos profesionales, es un intento de abrir los ojos al ser humano a fin de evitar la muerte planetaria.

El libro, de Michel Lacroix, escrito en 1994, resume todas las tendencias de estos filósofos durante los últimos años, haciendo gala de una incomparable investigación informativa.

Existen numerosos desacuerdos en las obras que Lacroix va citando a lo largo de su libro, aunque todas pertenecen a una misma familia espiritual, que resuelve observando las posturas más aceptadas.

Comienza afrontando el posible humanicidio, mostrando al lector toda la crudeza y los variados caminos que el mundo puede tomar para su término definitivo, o al menos el del ser humano. La muerte, según la moral planetaria, puede producirse instantáneamente; por medio del exceso de armamento nuclear, que sería suficiente para destruir la Tierra varias veces, resultado de la carrera nuclear del presente siglo llevada a cabo por las potencias, que pensaron que si querían la paz, debían estar preparadas para la guerra, curiosa paradoja.


Por otro lado, la muerte se puede producir gradualmente, debido a diversos factores; la desaparición de la capa de ozono (aunque cesáramos inmediatamente de emitir CFC’s, el efecto se mantendría durante unos años, por la cantidad ya presente en la atmósfera), el efecto invernadero que amenaza con acabar con las viviendas de la mitad de la población mundial debido a la subida de las aguas, sin contar con los cambios climáticos, cuyo máximo representante son las consecuencias del Niño, que arrasa la costa oeste americana... Esta muerte progresiva nos parece muy lenta, pero estamos equivocados, pues la comparamos con la duración de la vida humana. De hecho, tan sólo representaría un instante en la vida del planeta.

Si trasladamos esta información a términos matemáticos, es inevitable pensar que en un mundo limitado no puede darse un crecimiento ilimitado.

Los autores de la moral planetaria nos dicen, exaltados por la fragilidad aparente de la Tierra vista desde el espacio, que los ecosistemas tienen “la delgadez de la cáscara de huevo”; el mundo, por primera vez, se nos muestra en su “infinita fragilidad”, según Hans Jonas. Sin embargo, en mi opinión la vida en el planeta Tierra ha dado suficientes muestras de su robustez en el pasado. Opino que, a pesar de que hay muy pocas posibilidades de que se creen unas condiciones como estas para la vida; cuando ya se ha establecido un planeta con las condiciones necesarias, la vida surge espontáneamente, y que en caso de desaparecer la vida sobre la Tierra, resurgirá de entre las cenizas. Esto ya sucedió, aunque misteriosamente, con la vida que hace 65 millones de años poblaba la mayor parte del planeta..

Mi hipótesis se ve en cierta manera respaldada por la hipótesis de que la Tierra es un ser vivo que se autorregula y autorrepara, de nombre Gaia, mencionada frecuentemente en el libro. Sin embargo, la mía es tan sólo una hipótesis, por lo que aunque la vida no estuviera en peligro, sí lo está la especie humana, por lo que, si consideramos que merece la pena su continuidad; que el desarrollo cultural, el conocimiento es lo más importante, actuaremos a fin de asegurar la supervivencia, tema tratado en el siguiente capítulo del libro.

La ética de la supervivencia.

En el segundo capítulo, Michel apela a la obligación moral de sobrevivir; no tenemos derecho a suicidarnos, a hipotecar nuestro futuro. La prioridad absoluta no es mejorar la calidad de vida, sino tan sólo mantenerla; el individuo puede sacrificar su vida, la humanidad nunca.

En segundo lugar, hay que suscitar la sensibilidad, el rechazo, la indignación, y con ello la acción. Es evidente que nuestra sociedad vive en una situación de anestesia, ignorando el camino que está tomando la humanidad. Por ello, debemos inculcar una necesidad de cambio mediante una rehabilitación del miedo, según el libro. El miedo incitará a la acción inmediata. De hecho, los ciudadanos rechazan mediante su protesta los peligros más inmediatos que les puedan amenazar, cuando comprenden realmente su alcance. Un ejemplo que nos afecta es que tratan de establecer una planta incineradora en el País Vasco, y para que la gente lo acepte emiten de vez en cuando un anuncio en el que nos dice que, como ya existe en muchas ciudades importantes europeas, lo normal sería que tuviéramos una. Sin embargo, lo que no difunden es que estas centrales, además de residuos con los que hay que tener cuidado, emiten humos con toxinas cancerígenas. Por lo tanto, en vez de buscar la incineración, se debería buscar un mejor reciclaje de los desechos; hoy en día gran parte de éstos son reciclables, y podemos tomar el buen ejemplo de otros países que tienen contenedores específicos para plásticos. Debemos concienciarnos y distribuir la basura en varias bolsas.

No hay que olvidar que para la moral planetaria, la muerte no es definitiva, sino que se realizará si continuamos así, por lo que nos apremia a que entremos en acción. Uno de los postulados de la moral planetaria dice que la humanidad ya es una e indivisible; esta idea se basa en que la humanidad se moviliza contra los peligros evidentes, y pone el ejemplo de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Tierra se movilizó contra las potencias del Eje. La situación actual no es tan clara ni entraña un peligro tan inmediato, sin embargo, “los peligros actuales son más graves e insidiosos”.

Todos los movimientos ecologistas coinciden en que hay que emprender una campaña de información, para que exista una verdadera conciencia planetaria, y para que la maquinaria del cambio entre en marcha, todos coinciden en que hay que comenzar por acciones individuales, como nos propone el libro Cincuenta cosas sencillas que podéis hacer para salvar el mundo, editado recientemente en España y que, aunque está dirigido a los niños por la influencia que tienen en el futuro, deberían leerlo muchos adultos, que cogen el coche para ir dos manzanas más allá, o que dejan el grifo abierto mientras se cepillan los dientes... Los casos son innumerables. Y tiene que empezar por uno mismo; desde hace años llevo una política de no derroche energético; por ejemplo, yo que vivo apartado de la ciudad, intento llevar a cabo todas las acciones posibles para retrasar la agonía planetaria; si tengo que ir a hacer un recado y puedo ir en bici, voy en ella; en casa las habitaciones que no ocupamos la mayor parte del tiempo tienen la calefacción apagada, además en las otras ésta se enciende para asegurar 15º C, que es suficiente para no pasar frío estando abrigado.

Me produce un enorme rechazo el que las familias que se pueden costear este derroche no tienen reparos en pagar, por ejemplo en casa de muchos conocidos la calefacción se pone a más de 20º, yendo éstos en mangas de camisa por la casa. Mis familiares a veces critican mis actos, que suponen tal vez molestarse demasiado cuando otros no mueven un dedo, a veces argumentan que mis acciones no son más que gotas de agua en un inmenso océano de derroche, pero yo les digo que con un vaso al día se llena una piscina en un año...

Analizando estos hechos nos damos cuenta de que una actitud altruista mejora la situación del colectivo, mientras que si pensamos egoístamente, todos los seres humanos nos veremos perjudicados (cuestión que plantea El Dilema del Prisionero). Es evidente que se va a producir una crisis energética en unas décadas, que va a afectar sobre todo a las industrias, frenando el desarrollo económico e incrementando el paro, como ya sucediera en las crisis del petróleo. Probablemente las energías alternativas nos permitan tener energía, pero desde luego no habrá para derrocharla. Ya Isaac Asimov, escritor científico cuyas obras escribió en unos términos accesibles, en sus últimos escritos condenaba la situación del planeta, a la vez que daba posibles soluciones.

El libro comenta que, aunque no se conoce el alcance de los daños infringidos a la naturaleza, no debemos esperar a que el enfermo esté herido de muerte para intentar curarle. Según un grupo ecologista conocido, España le debe 2 billones, con b, de ptas. a la naturaleza.

En el libro se condena repetidas veces el exceso de habitantes en el planeta, y plantea el control de la natalidad. Sin embargo opino que el problema no es el exceso de habitantes, sino el consumo excesivo que éstos desarrollan. Si, como se explica en la obra, todos los habitantes consumieran como lo hace el norteamericano medio, los recursos se agotarían rápidamente. Sin embargo, en China y Vietnam la densidad demográfica es muy alta, y sin embargo sus consecuencias a la naturaleza por ahora son ínfimas, ya que la mayor parte de los habitantes sobreviven con un plato de arroz al día.

El libro menciona la metáfora de que la Tierra es como una nave espacial a la que debemos guiarla por el buen rumbo, pero opino que no es la Tierra la que debemos dirigir y gestionar, dicha responsabilidad sólo le corresponde a la naturaleza; somos nosotros los que debemos administrarnos, volver a abrazar a la Madre Tierra como el hijo pródigo que después de estar alejado, vuelve al camino del Bien.

Comparto la idea de que, como el título del famoso libro de James Lovelock, La Terre est un être vivant, la Tierra es un ser viviente, Gaia, que se autorregula, con la capacidad de conservar la salud de nuestro planeta; un conjunto que busca un entorno físico y químico óptimo para la vida sobre el planeta. Sin embargo apareció el ser humano, que con su inteligencia y obra anula su capacidad autorregeneradora, poniendo en peligro futuras generaciones.

La tecnociencia y la política.

- La ciencia y la tecnología.

El libro critica el desarrollo desmesurado de la ciencia y la tecnología, presentando tres defectos.

En primer lugar, no está suficientemente controlada por el poder democrático, o que en ocasiones, es este poder el que la incita a prácticas deshonestas para con la humanidad. En mente de todos están los experimentos sobre tecnología nuclear que el gobierno francés vio en la necesidad de efectuar sobre el atolón de Mururoa, para “actualizar una tecnología desfasada con el resto del mundo”. Es evidente que las masas sólo critican aquello de lo que tienen información, porque, ¿cuántas veces habrá experimentado Estados Unidos en sus desiertos con bombas de fusión sin que nadie protestara?. El tema de la capacidad nuclear es un gran escollo en el intento de asegurar la supervivencia del ser humano. Ya Albert Einstein en los últimos años de su vida declaró que si pudiera cambiar el pasado, se haría fontanero.

Si un país tuviera el suficiente armamento de este tipo, podría chantajear al resto del mundo con el fin de asegurar su hegemonía, hecho que pretenden evitar los enviados a controlar el armamento Irakí. Parece que hemos llegado a un punto en el que los avances en la física sólo traen nuevos peligros para la faz de la Tierra.

El segundo reproche a la tecnociencia que menciona el libro es el hecho de que ésta no valora a la biosfera en su conjunto y complejidad, fragmentándose en disciplinas que se ignoran mútuamente, adoleciendo de una visión global, de lo que dimana la ineptitud de la tecnociencia a evaluar las consecuencias de las acciones que emprende. Sin embargo en mi opinión no creo que sea su consecuencia, sino que todo experimento, por el mero hecho de serlo y cuando goza de una relevancia tal que su realización puede poner en peligro al ser humano, debe razonarse si es ético llevarlo a cabo, lo que el libro califica de tercer cargo a la tecnociencia, su inmadurez porque hace todo lo que puede hacer, sin reflexionar en lo que debe hacer, sin embargo en mi opinión esto no es cierto, pues la comunidad científica recientemente se ha puesto a prueba en lo referente a la posible clonación de seres humanos, subrayando que no es ético por lo que se asegura que no se realizará ningún experimento de esta clase (aunque hay algún que otro científico al que le gustaría jugar en los campos del señor).

Para la moral planetaria la tecnociencia debe sufrir una reforma inmediata; por una parte, debemos evaluar por adelantado el impacto de las innovaciones técnicas, por otro, la comunidad científico tecnológica deberá aceptar a que se la convoque en torno a unos objetivos que se vayan perfilando como más vitales para el mundo, idea para mí demasiado bella y difícil de llevar a cabo, pues hipotecaría su avance, pues como es sabido, lo que se avanza en un campo se aplica para mejorar los otros.

En el libro se enumeran los descubrimientos que harían falta para asegurar la supervivencia de la economía mundial; mediante el incremento de la producción agrícola y el descubrimiento de nuevas fuentes de energía y materiales sintéticos. Con esto parece que se contradice, pues la supervivencia de la especie es el principal objetivo, y para ello en mi opinión no son necesarias estas mejoras. Trata a la tecnociencia como una lámpara mágica a la que se puede pedir todo.

En el libro se le da especial relevancia a la necesidad de barreras éticas, que ya he comentado, calificando a los científicos de ingenuos, y llamando héroes a los científicos que se oponen a la ciencia sin conciencia. Opino, por el contrario, que la ciencia ha alcanzado la mayoría de edad y cada vez se somete a mayores autoanálisis éticos.

- La política.

Se pregunta si los gobernantes están capacitados para la gran responsabilidad que tienen sobre sus hombros, por ejemplo en el tema del botón nuclear, tema de muchos libros pacifistas.

La moral planetaria califica el Estado-Nación de un vestigio arcaico que debe evolucionar hacia un Estado-Mundial, ya que en opinión de la moral planetaria los gobiernos son demasiado grandes para resolver los pequeños problemas y demasiado pequeños para encontrar una respuesta a los grandes. Para mí el Estado-Nación continuará mientras haya diferencias culturales, pues en realidad esta división no tiene importancia, pues el mundo se compone a mi entender de muchas subdivisiones, y el Estado-Nación es una más.

La política debe responder, según la moral planetaria, a una segunda acusación, ya que los gobernantes actúan a corto plazo, ya que se les juzga por los éxitos conseguidos en ese plazo. En mente de todos los ecologistas está la reciente postura que mantuvo Estados Unidos en la conferencia mundial sobre el medio ambiente, anteponiendo la necesidad de no frenar su “maltrecha” economía a reducir la emisión de anhídrido carbónico a la atmósfera, así como el ahorro energético. Esta es una consecuencia evidente de la actitud egoísta de los políticos, que prefieren seguir al mando antes que actuar con normas impopulares económicamente.

Por lo tanto, habría que educar a dichos gobernantes, que antepongan el futuro lejano al inmediato y que adquieran la virtud del valor ante la toma de decisiones.

El contrato con la naturaleza.

La moral planetaria plantea soluciones para impedir la desaparición de la humanidad estableciendo un contrato con la naturaleza, ya que resulta imposible pasar por alto las relaciones entre los hombres y su medio, como sucedía en la prehistoria, en la que el hombre vivía en simbiosis con la naturaleza, en la que se encontraba el ser humano en pacífica dependencia de la Madre Tierra.

En el libro se intenta dar razones al espíritu egoísta y de crecimiento que caracteriza a la época actual, manipulando y controlando la naturaleza, culpando al cristianismo de permitirlo, de ser una religión que antepone la relación con Dios a la relación del ser humano con el medio.

La moral planetaria pretende retornar a la “armonía con la naturaleza”, un retorno a los valores del mundo primitivo. Es evidente en la idea de el contrato la moral planetaria se ha visto influida por Rousseau.

Hay que poner en vigor un procedimiento de indemnización a la naturaleza, como el que se hace con el tabaco, cobrándolo con impuestos especiales que aseguren al Estado tener dinero suficiente en el futuro para atender a los enfermos respiratorios. Por lo tanto, a la naturaleza se la tiene que indemnizar de alguna forma; los estados deben cobrar por los recursos escasos su verdadero valor, integrando en los gastos los efectos externos. Aunque para mí esta actuación no mejoraría la naturaleza; es una teoría muy difícil de llevar a la práctica. Lo que hay que hacer es administrar estos recursos, de forma que duren el mayor tiempo posible.

La moral planetaria, en su belleza teórica, propone que el ser humano coopere con la naturaleza, modificando las leyes humanas, ya que las naturales no se pueden modificar sin que resulte dañada irremisiblemente. Esta cooperación se basa en el regreso a los tiempos en que el hombre era parte de la naturaleza, por lo que para que el desarrollo económico sea viable propone la imitación del funcionamiento de la naturaleza, con un crecimiento orgánico en lugar de un crecimiento exponencial, ilimitado, destructivo.

Para ello, como sucede en la naturaleza, los objetos deben ser reciclables y las energías renovables.

Debemos dejar de pensar que somos los propietarios de la naturaleza, ya que sólo somos sus depositarios. Creo que como la gente no está segura de una vida después de la muerte, debe disfrutar al máximo ésta, acaparando bienes materiales y haciendo uso a su antojo de la naturaleza. Esta actitud no es reprochable, sino el hecho de que con ello deterioramos la naturaleza, de forma que nuestros descendientes puedan reprocharnos una actitud tan poco civilizada. El arca de Noé representa el carácter religioso de nuestras obligaciones en la preservación de las especies para con nuestros hijos. ¿No es la naturaleza algo sagrado que merece nuestros respetos y admiración?

El contrato humano.

Por otra parte, la moral planetaria nos pide que establezcamos un contrato en las relaciones entre los vivos, debemos ser solidarios, ya que o sobrevivimos todos, o todos morimos, y en una Tierra en la que hay seres humanos con intereses contrapuestos resulta difícil imaginar su supervivencia.

Destacable es el problema Norte/Sur; si no somos solidarios (algo que está de moda), si el Tercer Mundo se ve en la obligación de destruir su naturaleza, si naufraga, todo el mundo caerá en un Cataclismo. Además de salvar a la especie, el Tercer Mundo verá solucionados sus problemas de pobreza. Sin embargo, en mi opinión no basta con solucionar esto, el desarrollo del Sur debe ser respetuoso con la naturaleza, según el contrato con la naturaleza antes descrito, pues, siendo evidente que hay que frenar el tren del consumismo, también hay que tener cuidado de que no se suban a él los países del Sur de la forma en que hemos estado haciéndolo nosotros.

También tenemos que establecer un compromiso con las generaciones futuras, por fraternidad y la importancia de que nuestros descendientes puedan disfrutan el mundo en todo su esplendor, y no carcomido por el egoísmo de unos pocos porque, ¿qué representan 6.000 millones comparado con todos los seres que han vivido hasta ahora?.

No deberíamos utilizar más que una parte equitativa de los recursos del planeta, ya que, si consideramos la vida de la tierra como 24 horas, la existencia del ser humano sólo representa un segundo, y lo que la Tierra ha tardado 15 horas en crear, el hombre lo está agotando en menos de un segundo.

Se nos ofrece la oportunidad de ocupar un lugar glorioso en la historia como los que impidieron la muerte planetaria, aprobechémosla.

La austeridad y la realización.

El programa planetario culmina con el proyecto de reeducación radical del hombre, ya que aunque es la industria el mayor exponente de esta destrucción paulatina del medio ambiente, ésta sólo satisface los deseos de consumidor (aunque la industria crea necesidades en busca de mercados), por lo tanto es el consumidor el que debe cambiar de mentalidad, cambiando la cantidad por la calidad (objetivo empresario actual), de forma que las cosas duren el mayor tiempo posible y se generen el mínimo número de basuras de aquello que el ser humano vaya a utilizar siempre, es evidente que aquello que deba renovarse debe poderse reciclar, bien por métodos biodegradables (bolsas, jabones), o su reutilización formando parte de otro producto.

La sociedad de la abundancia ha hecho de nosotros unos hedonistas, que debemos cambiar por una actitud de “prudencia, justicia, fortaleza y templanza” para con la naturaleza.

La moral planetaria nos propone también una búsqueda de la felicidad, mediante la austeridad; el crecimiento orgánico y la limitación del gasto nos proporciona felicidad.

Una de las cosas que más me hacen feliz es ver cómo, después de plantar un árbol, éste va creciendo, y le vas cuidando, podando aquellas ramas malignas para el conjunto, impidiendo mediante cal que las hormigas suban a sus ramas (pues las hormigas establecen una relación con los pulgones de los árboles frutales; mediante el roce de sus antenas con las espaldas de los pulgones éstos dan la recompensa a las hormigas por protegerles de los depredadores), y ver cómo crece contigo, de forma que en unos años podrás subirte a él y recoger sus frutos. Ésta relación es la que debemos establecer con la naturaleza, ya que los frutos de nuestros cuidados los recogerán las generaciones venideras.

Ha sido interesante la lectura de este libro, aunque es un poco repetitivo en sus ideas, y está empezando a quedarse anticuado. Me ha servido para afirmarme en las ideas del balance actual del hombre y la naturaleza que ya tenía, ya que siempre me ha interesado el devenir de la relación hombre-naturaleza. Sin embargo, aun a riesgo de equivocarme, creo que la humanidad va a darse cuenta de su peligrosa situación y va a cambiar, incluso yo mismo debo mejorar, y en las futuras generaciones se van a producir una serie de cambios; el apartado de la comunicación mundial permitirá unir culturas (queda por discutir si es bueno que esto suceda), y en el futuro se le dará mayor importancia a los bienes intelectuales que a los materiales, la información, literalmente, no ocupará lugar y la posibilidad de su acceso que cada uno tendrá será lo que nos diferencie, por lo que en cierta forma se habrá dado un gran paso en el intento de preservar la Madre Naturaleza.

David Losada, 1997

2 comentarios:

  1. buscare el libro... (i)...aunq ya tenga casi 20 años... es increible como nunca hacemos als cosas "a tiempo"

    y es que si..los q debemos administrar es es afan de explotarlo todo en pro de algo mejor, cuando en realidad no nos damos cuenta q a este ritmo solo terminaremos peor....pero aun hay esperanzas... :D..aun podemos..( aun si peco de utopica, o soñadora, q mas da..prefiero vivir intentandolo que no hacer nada)

    Saludos!

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  2. Jejeje.. no te lo recomiendo, es un poco tostón. Creo que lo que digo lo resume bastante bien ;-).

    Saludos

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